lunes, 15 de julio de 2013

¡Estoy de vacaciones!

Pues sí, finalmente estoy de vacaciones. Y lo grito a los cuatro vientos porque este curso se me ha hecho eterno y al mismo tiempo se me ha pasado en un instante. Tercero ha sido el curso más duro hasta ahora (y lo que me queda), repleto de largas jornadas de estudio sin recompensa en algunas ocasiones. Cada año que pasa estudio más (si el curso pasado me iba a la biblioteca una media de cuatro horas, este curso el mínimo eran seis o siete) y eso me da miedo, ya que en mi facultad el peor cuatrimestre es el que viene ahora: el primer cuatrimestre de cuarto. Pero aún queda un mes y medio hasta eso, en el que me voy a dedicar a reponer fuerzas. Aunque empiezo las clases la segunda semana de septiembre, he de ponerme a estudiar a mediados de agosto, ya que gracias a lo bien que se organizan en mi facultad empiezo las prácticas antes que las clases. ¿Y cómo se come eso? Pues con papas, y con paciencia, porque no queda otro remedio.

¿Y qué hace una estudiante de medicina de vacaciones? Pues, lo primero de todo, dormir y desintoxicarse. Dormir por pura necesidad después de tanto estrés y desintoxicarse de las sustancias varias con las que nos dopamos (aunque mi adicción al café continúa en verano) y de todo el ambiente bibliotecario. Y es que los primeros días te despiertas y dices: "¿Pero qué hora es? ¿Qué me toca estudiar hoy?". Y resulta que es tarde y no tienes apuntes que estudiar, ni fecha de examen en el calendario, tras lo cual entras en una fase de vacío y desasosiego que culmina segundos después. Eres libre. Puedes leer, ir a la playa, ir al cine, salir de marcha, ver a tu familia y a tus amigos; y un largo etcétera. Aunque el mono siempre vuelve y, cuando menos te lo esperes, estarás viendo una reposición de Anatomía de Grey o de Cuerpos Embarazosos.

Y es que no aprendemos :)

sábado, 4 de mayo de 2013

No quiero ser dermatóloga

Eso es. No quiero ser dermatóloga, ni traumatóloga, ni mucho menos anatomopatóloga. No me atraen la Otorrinolaringología, la Cardiología o la Neumología. Y la Estomatología me da asquito. Tengo asumido que soy absolutamente de asignaturas clínicas, las quirúrgicas (menos Cirugía General, mira tú que cosas) me tiran para atrás. Y eso que yo antes no era así. Antes de entrar en la carrera, yo era de esas personas que ven las películas de terror gore tipo Saw comiéndose un filete de ternera poco hecho. Pero no contaba yo con que esas cosas huelen y yo soy muy sensible para los olores. Así que, después de mis primeras prácticas de Anatomía Humana, abandoné el consumo de jamón serrano y pata de cerdo, ya que el olor a formol se me venía a la cabeza cada vez que iba a comer. Con el tiempo, los manjares cárnicos se han ido reincorporando a mi vida, pero ahora el problema está cuando tengo las prácticas de alguna asignatura quirúrgica.

Entrar a las nueve de la mañana en un quirófano, habiendo desayunado a las seis, ya te condiciona, pero aún así es ver un chorrito de sangre y ya me suben los calores. Tengo la suerte de no haberme mareado nunca lo necesario como para perder la verticalidad, pero tampoco me he lavado y he ayudado en una operación, cosa que a día de hoy me veo incapaz de hacer. Una vez, una cirujana me preguntó en medio de la cirugía que si me gustaba como especialidad. Yo le dije que no, que me mareo en las operaciones; a lo que me contestó que qué clase de médico pretendía ser entonces. "Carnicera no, seguro", pensé para mis adentros, pero en alto en realidad dije: "me gustaría ser psiquiatra". Y en ese momento la doctora me miró y me metió en el cubo de los desperdicios.

Sí, quiero ser psiquiatra. Y odio que me tachen de friki y de loca cuando lo digo. Creo que es de las especialidades médicas a las que más jugo queda por sacar hoy en día, ya que existen muchísimas cosas que desconocemos. Muchos piensan que es la especialidad menos médica porque es la menos biológica, y yo pienso que se equivocan. Que sí, que hay muchos procesos mentales a los que no se les ha encontrado base biológica y que como el mismo proceso va a generar distintas formas de pensar y blablabla. Cuando no se conocía cómo funcionaba el páncreas, existía la diabetes, pero simplemente no sabíamos porqué se producía exactamente. Pues con el cerebro es lo mismo. Más complejo o más fácil, es un órgano más del cuerpo y sus enfermedades se producen a raíz de la alteración en sus células. Así que sí, se sabe poco y queda mucho por descubrir, y a por ello voy.

viernes, 26 de abril de 2013

La medicina es lo primero

Si estás leyendo esto y no estás relacionado con el mundo de la medicina puede que pienses que el título de esta entrada no es verdad. Si piensas estudiar medicina (o incluso si estás en primero o en segundo) estarás pensando para tus adentros: "chorradas, yo tengo una vida". Si estás en tercero o algún curso superior, siento decirte que te estás engañando a ti mismo/a.

Hay muchos estudiantes que se expresan diciendo: "estoy casado con la medicina", para referirse a que les ocupa mucho tiempo, pero más que como una unión matrimonial yo lo compararía con tener un hijo. Y ojo, que no he tenido ninguno, pero tan sólo con observar a mis padres, tíos, etc; se me hace clara la comparación.

Y es que cuando entras en la carrera eres consciente de ello, pero no del todo. Haces la prueba de acceso, la pasas y, de repente, estás matriculado. Transcurren unos meses plácidos hasta que llega el gran día y ¡PUM!, en un instante eres estudiante de medicina y tienes encima una responsabilidad que ni Spiderman. Los primeros días de clase vas conociendo a gente de cursos superiores y los ves como zombies neuróticos en los que "tú no te convertirás". Piensas que puedes seguir con tu vida normal (deportes, cursos de idiomas, actividades extraescolares y vida social en general), pero nada más lejos de la realidad, pasa un curso y tú, deportista marchoso, pesas diez kilos más y ni te apetece pisar una discoteca (miento, lo de las discotecas pasa más tarde). Primero te quedas una tarde en la facultad para hacer un trabajo y en menos tiempo del que te gustaría te ves que tienes un horario de ocho a ocho. Empiezas a faltar a la comida semanal en casa de los abuelos, luego a los cumpleaños y celebraciones varias, hasta que llega el momento en que tus padres te preguntan si te has independizado sin avisar previamente.

Y esto es así. Medicina son ojeras, insomnio y lágrimas resecas. Pero también es comer todos los días con los amigos, salir de la biblioteca porque te estás conteniendo la risa y la sonrisa de un paciente. Sí, yo lo compararía con tener un hijo. Porque es algo que es para siempre, y algo que aunque se lleve parte de tu vida anterior, completa una nueva; y cada pequeño triunfo que se consigue compensa todas las derrotas.

Por eso, se dan conversaciones así:

"- ¡Mañana es viernes!
- Los viernes ya no existen para mí...
- Bueno, puedes cambiar de vida. Puedes dejar la carrera y dedicarte a cualquier otra cosa, si ves que te cansa tanto. 
- No, no voy a hacer eso, me gusta lo que hago"

Así que sí, la Medicina es lo primero. Aunque no quieras, aunque no te des cuenta. Pero eso no quiere decir que sea nada malo, ni nada bueno. Simplemente, es lo primero.

jueves, 6 de diciembre de 2012

El día del examen

Todos nos hemos presentado alguna vez a un examen y es curioso como cada uno sigue su rutina e incluso sus rituales. Yo me presento a unos diez exámenes cada curso (suelen ser más), de asignaturas gorditas además, y siempre suelo hacer lo mismo.

La semana antes del examen es crucial, y he descubierto que si me pongo "a full" esos días, obtengo mejores resultados que estudiando poquito a poco durante más tiempo. Así que los días previos al examen suelo pasarme el día entero en la biblioteca, comiendo por la zona o almorzando temprano y bajando para quedarme hasta cerca de la medianoche.

Mi nivel de concentración en la prueba va creciendo poquito a poco, y es por eso que dos días antes del examen soy un zombie ojeroso que se comunica tan sólo para repetir fragmentos del temario y que sale de una oscura caverna para comer y ducharse. Durante esa semana previa, el día del examen es el fin del mundo, lo que pase el día después no parece interesarme e incluso llega un momento en que no lo recuerdo. 
Además, es curioso como se refleja la proximidad de un examen en nuestra vestimenta, y no lo digo sólo por mí, si no por mis compañeros. La semana antes del examen la estudiante va arreglada (voy a poner el ejemplo femenino) y, mientras transcurren los días, se puede observar como va dejando primero de maquillarse y luego de peinarse (el famoso moño pre-examen) y su vestimenta se va componiendo más de vaqueros y zapatos muy cómodos, hasta llegar al punto de plantearse ir en pijama o chándal (cada cuál peor) al examen. En los chicos es más sencillo, tan sólo hay que mirar la espesura de la barba. Y, por supuesto, la palidez del rostro, lo hundido de los ojos, y la longitud de las ojeras son signos que indican claramente cuándo va a acontecer el examen.

Llega el temido día. Desde hace bastante, me he dado cuenta que es mejor dormir bien la noche antes de la prueba (cosa que todo el mundo te recomienda y al final nunca haces), así que me acuesto temprano y duermo lo que creo necesario para descansar. Si el examen es por la mañana, me levanto con el tiempo justo para prepararme e ir hasta la facultad, repasando los puntos fundamentales por el camino. Siempre llego una hora antes por si las moscas. Si el examen es por la tarde, me levanto temprano y me encierro en la biblioteca hasta dos horas antes del mismo, como y no repaso, porque me pongo más nerviosa.

Suelo estar tranquila antes de los exámenes, soy un remanso absoluto de paz...hasta que falta media hora para empezar. Es como si me diera cuenta en ese momento de a qué me voy a enfrentar, es una especie de punto de no retorno, tras el cuál empiezo a hacer chorradas como dar grititos (¡Vamos a morir todos!), cantar y otras acciones por las cuáles un neuroléptico no me vendría mal.

Pero el momento llega, irremediablemente. Cojo aire, boli, lápiz y agua, y me meto en el aula. Cuando me siento, me doy cuenta que la suerte está echada y me digo a mí misma que por mucho que me ponga nerviosa, ya no hay nada más que hacer. Tras entregarme la hoja de examen, inspiro profundamente una vez más y me pongo a ello.

Unas veces sale bien y otras veces no tanto, pero la siesta que me hecho después de una semana en tensión no me la quita nadie.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Soy una vaga

Sí, lo que leen, soy una vaga. Y es que durante el curso escolar, me levanto a las 6:00 para estar en el hospital a las 8:00 para ir a prácticas (cuando podría estar a las 9:00 que es a la hora a la que la mayoría de mis profesores se dignan a aparecer) y estoy allí hasta las once. En ese momento tengo una hora y media para llegar hasta la facultad (que está a una hora del hospital ya sea en guagua o en coche) y comer. A las 12:30 tengo que meterme en clase hasta las 16:30. Cuatro horas que pueden ser de total provecho o que pueden no servir para nada (profesores que leen diapositivas o que ni siquiera aparecen por clase, etc). Cuando termino las clases vuelvo a mi casa, ceno (yes, sir) y me pongo a estudiar. Un par de veces a la semana me permito el lujo de malgastar mi tiempo en ir a hacer deporte y me cojo un día libre a la semana en el que no quiero ni oír hablar de la medicina. Y sí, vale, que sólo tengo mes y medio de prácticas; pero es que cuando no tengo que ir al hospital empleo mi tiempo "libre" de la mañana en estudiar. Así que, sin estar de exámenes, mi jornada de estudio va de las seis a las ocho horas.

Pues al Rector y al Consejo Social de mi Universidad le parece que esto no es estudiar y que como soy una vaga tengo que tener una Normativa de Permanencia para asegurarse de que saco todas las asignaturas año por año (cosa, que, en medicina, es imposible a partir de tercero). Por ejemplo, a partir de ahora sólo voy a poder coger diez asignaturas por año, no más. Es decir, ¿qué pasa si me queda una del curso pasado? No cojo una del curso siguiente. ¿Y qué pasa si no la recupero en Diciembre, por ejemplo? Que me quedo en la  carrera un curso más por una asignatura. Además, tendrán preferencia las asignaturas de cursos inferiores, así que, si tienes una asignatura que se atraviesa, reza y ya veremos. Otro aspecto importante, y sin duda el que más me duele de todos, es que, aunque no te presentes a un examen de una asignatura, correrá convocatoria. Es decir, yo no me presento a un examen, porque resulta que tengo tres exámenes en una semana (de asignaturas con apuntes de más de 500 páginas) y sólo tengo dos semanas para prepararme los tres, y me cuenta como suspenso. Pues bien vamos. 

Hablando el otro día con un compañero, me di cuenta de que varias personas de mi clase están desarrollando enfermedades causadas por el estrés y además, graves. Yo misma participé en un estudio el curso pasado (a final de curso) y una de las conclusiones que obtuvieron fue que debía tomar más el sol, que estaba teniendo déficit y no era por la alimentación (tenía más que ver estar todo el día en la biblioteca y salir cuando ya había anochecido, más bien). Y, sin embargo, los jefazos, luciendo sus trajes y sus gordas barrigas (sí, me he enfadado) nos siguen diciendo que somos unos vagos. No digo que no tenga que haber una Normativa de Permanencia, simplemente quiero que pasen una semana en la vida de un estudiante de cada carrera universitaria y comprueben cuál es su realidad. Tan sólo entonces podrán determinar las condiciones necesarias para permanecer o no en la carrera. Y ni eso.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Entre dos tierras

Durante nuestros estudios, y de forma concreta en la práctica clínica, el estudiante de medicina sufre una evolución que consiste en pasar de un lado de la mesa, como paciente (quién más, quien menos ha ido al centro de salud alguna vez) a estar en el otro lado, como médico. Sin embargo, y como he dicho, ese proceso no es instantáneo, y hay una etapa en medio que muchos de los que ya están "al otro lado" parecen haber olvidado.

Cuando estás en prácticas en una consulta, sueles estar detrás de la mesa, junto al médico, pero en muchas ocasiones estás en una posición entre médico y paciente, por lo que puedes ver y analizar el comportamiento de ambos. Es una perspectiva que se pierde cuando estás situada en uno de los dos extremos, y que creo que es muy enriquecedora. Porque no hay que olvidar que nuestra profesión es de cara al público (aunque sea todo privado, entre cuatro paredes y con la puerta cerrada) y tratamos con seres humanos, así que de nada me vale saberme todas las patologías del mundo si después me llega un paciente nuevo y no le digo ni "Buenos días" (aunque, ojo, la educación la debe traer uno ya de casa cuando entra en la carrera).

Nuestros profesores no se cansan de repetirnos que debemos tratar el paciente con "mimo y cariño", que tenemos que respetarle; pero sin embargo vas al día siguiente al hospital y te toca con un médico que ni siquiera mira al paciente a los ojos (y vete tú a decirle algo). Un paciente que ve que no tienes interés en él (o que al menos lo piensa por tu comportamiento), es un paciente que no te va a preguntar algo que le dé mucha vergüenza, por ejemplo, y que puede ser importante a la hora de tratarle.

En fin, me gusta pensar que en mi futura profesión no hay extremos, no hay blancos o negros, sino grises, todo matices; que debemos ponernos en el lugar del paciente (a nadie le gusta estar enfermo, hay que comprender las dudas, los miedos y las inseguridades de esa persona) y del médico (que quiere atender al paciente lo mejor posible y que debe tener en cuenta, y más en estos días, a cuántas personas tiene que atender, el tiempo que tiene para hacerlo, los recursos de los que dispone, etc...; al fin y al cabo es un trabajador más). Y tal vez, sólo tal vez, de esa manera lleguemos a ser grandes médicos. Aunque desde hace mucho opino que, antes de ser buen médico, hay que ser buena persona.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Cuenta atrás

En su momento dije que no me hacía nada de gracia la cirugía, lo cuál es cierto. Sin embargo, no me desagrada otro de los papeles a desarrollar en el quirófano: el del anestesiólogo. En lo poco que he visto, creo que es un médico fundamental y al cuál se le menciona poco (menos si lo que le toca va mal, por supuesto). El anestesiólogo es de las últimas personas con las que hablas antes de dormirte, la última que ves mientras te duermes, y la que está a tu lado mientras te despiertas en quirófano (cosa que no recordarás). No he estado más allá, pero quiero suponer que también pasa a verte a la Sala de Despertares. 

A veces se comenta que la especialidad de Anestesia es la más cómoda: duermes al paciente, controlas todo durante la operación (es decir, estás sentado con un papel delante durante lo que dura la cirugía) y luego lo despiertas. También es verdad que es una de las que más responsabilidades tiene: a la mínima que te equivoques puedes hacerle daño al paciente. Sin embargo, en el tiempo que estuve al lado de los anestesiólogos en el quirófano quise mirar un poco más allá, y lo que vi me gustó. 

Hemos de recordar que la vida es el único patrimonio que tiene una persona, su bien más preciado; no hay que olvidar que una persona te ha autorizado a ti (vil mortal) a mantenerlo vivo durante unas horas. Por eso el hecho de tratarlo por su nombre ("Venga Juan, vaya respirando por la mascarilla, esto es sólo aire"), en un tono amable (casi cariñoso) mientras se queda dormido; ser preciso y a la vez cuidadoso a la hora de intubarlo, despertarle con suavidad una vez ha terminado la cirugía, etc; son aspectos fundamentales. 

Visto desde fuera puede parecer que soy exagerada y que me fijo demasiado en los detalles, pero cuando estás en ello, ventilando al paciente, sientes que sujetas una fina cuerda y una gran responsabilidad. Dentro de los actos que puede realizar un ser humano, tratar con dulzura, paciencia y cariño a quién ha depositado su vida en tus manos me parece de los más extraordinarios.

Ah, y lo de la cuenta atrás...pues para las películas queda.